Acaba de terminar la feria de San Fermín, con sus encierros, sus triunfos y sus salidas a hombros.
Toreros, como Tomás Rufo, que ha cerrado la feria cortando cuatro orejas a una buena corrida de Jandilla, así como Roca Rey y David de Miranda que lo hicieron en volandas antes, y siendo tan triunfadores resulta que el nombre que he tenido en la mente toda la feria, todo el rato, es el de Rafaelillo.
El torero murciano es, por derecho propio, uno de los nombres a recordar. En este caso, por su ausencia de la feria. Nadie como a él se ha echado tan en falta.
Es el diestro emblemático que llena por si solo, y con su nombre, una feria de la importancia como es la de Pamplona. Nadie como él tiene todos los derechos reservados para hacer en ese ruedo el paseíllo.
Las orejas que se cortan son salvoconductos para las ferias venideras y a esos triunfos se aferran todos los actuantes para no perder su sitio en la siguiente feria. Lo saben y de ahí que se empeñen todos en triunfar.
En el caso de Rafaelillo, esa ha sido también su constante en cuantas ferias ha actuado en la población navarra. Pero hay algo que le hace especial, muy especial. Nadie ha buscado ese triunfo, ese querer estar bien, ese querer agradar a los pamplonicas, como este pequeño gigante ante los toros más fieros.
Ese agigantarse ante un miura o un escolar, para dejar muy claro que lo de pequeño es solo por la estatura y lo de gigante lo es por la forma de exponer. Una exposición que le llevó al hule el pasado año y que aún hoy le tiene a expensas de las manos de los médicos. Eso sí que es un triunfo de verdad, un triunfo a través de la entrega, incluida la sangre, que ya le dura más de un año.
Casi continuación de otro percance que le mantuvo en el paro otro buen tiempo para reponerse de la brutalidad de un miura años atrás. Dos percances de tal naturaleza que solo un valiente gigante como él pudo, y puede, asumir.
Pamplona es la sede donde reside el mejor Rafaelillo, el mejor de cuantos toreros son capaces de ofrecerse a soportar el peso del enfrentamiento con lo más fiero del campo bravo. Sin excusas, sin volver la cara, ofreciendo siempre lo mejor de si mismo para que no quepa duda alguna sobre quien ha hecho el paseíllo para triunfar, no para poner excusas por si los toros no han ‘valido’.
Hoy ocupa estas páginas por ser legítimos sus méritos y su recuerdo. Si grandes son quienes son ovacionados durante los minutos que dura una vuelta al ruedo o una salida en hombros, mucho más lo ha de ser quien, desgraciadamente y un año después, merece el reconocimiento de todos.
Pamplona espera para el próximo año, pero el resto de los aficionados deseamos verte cuanto antes en cualquier otra plaza.
¡¡Mucha fuerza Rafael!! ¡¡Fuerza torero!!
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