Por Jorge Eduardo - México
Entre coqueteos con la modernidad del fan experience y una oferta taurina aburrida transcurrió el primer fin de semana de festejos taurinos del 2022.
La novedad principal de la oferta empresarial para la afición este fin de semana fue el montaje de un casino de fantasía a la salida de la corrida nocturna del sábado 29. El anunció de la actividad levantó polvaredas en las redes sociales, aunque el común denominador fueron las opiniones superficiales, incluso ataques, lo mismo a favor que en contra de la dinámica.
Todo está inventado, el reto consiste en adecuarse a los modelos de trabajo que se manejan con éxito en otros contextos. Baste recordar que, en los deportes norteamericanos, las ciudades pierden a sus equipos por la incapacidad de ofrecer toda clase de entretenimientos y lujos dentro del inmueble deportivo (la célebre fan experience o experiencia del fan). Si bien este sistema debe ser criticado por la forma en que colabora con la desigualdad social en el acceso a la cultura, también es cierto que así funciona el negocio, y poco se puede hacer al respecto.
La empresa de la Plaza México montó, pues, esta experiencia. Mientras duró el juego, todo fue satisfactorio. La gente se divirtió, ganó, y el ambiente fue bastante familiar. También afloraron problemas logísticos a la hora de reclamar los premios, al filo de la medianoche. En resumen, se prometió un juego y se cumplió. Se ofreció fantasía, y la hubo. ¿Y dentro de la plaza de toros? Bueno, ahí, más bien nos fumamos una corrida de pesadilla.
No debe perderse de vista que las ligas gringas, con sus ostentosos palacios del ocio, no descuidan su producto principal por vender fan experiences. El beisbol de grandes ligas, otra anquilosada tradición con misticismo casi esotérico que pierde popularidad rápidamente, sigue vendiendo el mejor beisbol del mundo. Los equipos que juegan mal, o que han hecho mal trabajo para darse visibilidad en la sociedad venden mal, sin importar lo suntuoso de su estadio-palacio.
Por acá en Mexicalpan de las tunas, el empresario del coso y también reconocido ganadero, le hizo espinosa faena de aliño a su propia clientela con una disparejísima corrida de toros. El tercer Xajay provocó tremenda rechifla por su presencia infantil, su tierna carita, y sus comodísimas defensas. El cuarto por ahí la llevaba, y el segundo no tomó a la gente lo suficientemente enfadada como para que lo protestasen. Primero y quinto fueron serios, quizás algo atacados de kilos, y el sexto muy bien presentado. En cuanto al juego, la mansedumbre se adueñó de la tarde-noche.
¿Y los espadas? Juan Pablo Sánchez prolongó trasteos insulsos y cubrió las espaldas de los poderosos, agilizando el primer tercio para evitar la penita de que le echaran para atrás un toro al empresario. Ya lo hizo alguna vez con una novillada de Fernando de la Mora, en enero del 2018. Antonio Ferrera fue el dr. Jekyll cuando hizo el toreo erguido, aún personal, pero descargado de extravagancias. Mister Hyde, en contraste, se retuerce, cita a distancias vertiginosas, y echa a los toros para afuera en aras de quién sabe qué. Igual encandiló a los presentes en la lidia del cuarto.
Juan Pedro Llaguno fue el triunfador numérico de la corrida, pero sobre todo el triunfador moral de la misma. No tuvo mucha suerte con el de la alternativa, con el que también se alargó en vez de abreviar salomónicamente. Pero al sexto le porfió, quizás un poco sobre pies, pero con dominio de la situación, metiendo de a poco a la canasta a un toro probón, no muy fijo, y que buscaba los tobillos, además ya con la dificultad añadida de cierto viento nocturno de un clima desapacible.

Derechazo de Juan Pablo Llaguno
De pronto los muletazos se fueron alargando a punta de aguantar a un toro que precisamente estaba recortando su viaje. Fue menester recortar la distancia, pero también dejar a Chistorete a su aire. El adorno de lujo fue la fedayina entre las mejores tandas de la noche, derechazos sabrosos y bien ligados en una faena que fue a más, hasta entusiasmar a todo mundo. Tras el cierre de hinojos ya más bien sin sentido, cuajó una estocada eficaz para cortar una oreja de mucho peso. Juan Pedro se alza como un nuevo activo para vender un espectáculo atractivo, así, sin términos taurinos.
Al día siguiente, novillos de San Constantino. Tocó pelo Javier Funtanet, que tuvo una labor acertada, expuesta, clavando con eficacia, pero aún en ciernes. Ese cuarto fue el de mejor juego del festejo, y probablemente del fin de semana. Los Forcados Amadores de México lucieron en dos pegas, más emocionante la primera. El quinto de la tarde marcó la reaparición en la Monumental de una criatura mitológica del campo bravo mexicano, relegada a viejos relatos y empolvados volúmenes de antiguas fotos: un novillo astifino, con filosos pitones rematando largos cuernos. Esperemos que este extraño fenómeno no acarreé presagios ni malos agüeros.
Cristian Antar tuvo una actuación mucho menos vistosa que el BMW en el que se retira de la plaza, y José María Mendoza hizo gala de colocación, de valor, de técnica, y de preparación. Sin embargo, le falta la chispa, el desparpajo, la naturalidad del temple, y de la mano con ella, del arte. Habrá que seguir de cerca su crecimiento y descubrir si logra cubrir esa asignatura.
En fin, que la experiencia del fan en realidad plantea una serie de problemas muy complejos que atañen al espectáculo por sí mismo, y no solo a montar equis o ye atracción antes o después de la corrida. El gancho comercial siempre será la oferta de aplastarse tres horas en un asiento de concreto a disfrutar una actividad que configura un montón de valores y actitudes —es decir, de rasgos culturales— en torno a la correcta presentación y al encastado juego de las reses, así como a la entrega de los toreros, que son el depositario principal de ese deber ser.
En ese sentido, el espectáculo taurino está absolutamente degradado si resulta un juego clientelar en el que vale más para los toreros quedar bien con el ganadero-empresario que hacerle justicia al público, que exige respuesta y respeto a esa cultura de la que participa colectivamente. Esa es la peor experiencia posible, y la peor impresión que se puede llevar un observador externo.
Y a eso hay que añadir otros elementos en mal estado, como las localidades del segundo tendido hacia arriba, que se están derrumbando materialmente. O el pésimo estado del sonido local, por que a quién no le gusta degustar un destemplado bocinazo para pasar un coraje como el del tercer toro; o la cada vez más indigna iluminación, que debe estar funcionando por debajo del 75% por ciento de su capacidad, dejándonos entre velitas cuando no acuden los reflectores de la televisión.
Por si fuera poco, no se repartió El Programa que editan Fernando y Fernanda Jiménez con Alfredo Flórez; no se imprimieron programas de mano con los elementos que tradicionalmente se informan en él, como no se hace desde hace algunos años cuando se dedicó la parte central del mismo a informar de los stands comerciales dentro del coso. Se acabaron también los arreglos florales que colocaba el aficionado Anforita, entre otras cosas que son elementos diferenciadores del producto que ofrece la Plaza México. Éstos no se han aprovechado adecuadamente cuando ellos son, precisamente, la base experiencia del fan, además de importantes productos culturales.
Pero, sobre todo, ningún esfuerzo, por muy aplaudible que resulte, será trascendente si pasamos en un abrir y cerrar de ojos de la corrida de pesadilla al casino de fantasía.
Galería de fotos del sábado en #LaSuerteSuprema: https://lasuertesuprema.art.blog/2022/01/30/fotocronica-primera-de-la-feria-de-aniversario/
Galería del domingo en #LaSuerteSuprema: https://lasuertesuprema.art.blog/2022/01/31/fotocronica-primera-novillada-de-la-feria-de-aniversario/
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