Firmas Invitadas

    A Victorino ya no se le fía ni una ronda

    Por Enrique Martín - España

    Ya son muchas las juergas que don Victorino Martín ha dejado a deber en este local de ladrillo y granito de la sierra, que los cañís llaman las Ventas del Espíritu Santo. 

    Empezó el hijo de aquel que se conocía como el paleto de Galapagar, tirando del crédito del padre; famosas eran las fiestas de don Victorino, casta por todo lo alto, corrían los regatos rebosando de esa casta, que más que regatos parecían el Amazonas. Y hasta no era infrecuente que junto a esa casta apareciera la bravura. Qué delicia, había embestidas para dar y tomar, solo bastaba que hubiera un señor de luces dispuesto a trasegar esas arrancadas en el primer tercio levantando los caballos en vilo, queriéndose comer a los rehileteros, para continuar con un afán de atrapar y hacer jirones las muletas, finalizando entregándose a la suerte suprema. Esto hacía que el aficionado confiara en el ganadero y que le fiara sin límites, que si bien es verdad que había días menos felices, algunos hasta para no recordar, siempre llegaba la tarde en que el señor de Galapagar sacaba la chequera y pagaba con creces en forma de casta y bravura, sin racanería en eso de poner ceros y más ceros. Los mismos que los de luces ponían para que la montonada de pesetas fuera mayor. Pero esos tiempos ya pasaron y al aficionado de Madrid ya le suenan a un pasado demasiado lejano y por mucho que don Victorino hijo manifieste su satisfacción después de una corrida para olvidar incluso antes del arrastre del último de la tarde, nadie le fía ni un chato con cuatro aceitunas a este señor tan bien hablado, tan altanero ante las críticas y tan poco lúcido, según lo visto en los ruedos, en lo de mantener una ganadería señera del campo bravo ibérico.

    Que dice el señor que a la corrida se le ha pegado mucho en el caballo ¡Ay Señor! Hombre, que lo siguiente habría sido darle unas collejitas y para adelante. Y si acaso solo salvamos al tercero, que de repente pareció que el de aúpa apretó y barrenó a placer, justo después de una señal del matador en la que parecía que le indicaba eso tan sabido del “vale”. ¡Qué cosas! Sí es verdad que aparte de poco, lo que se les ha picado ha sido, en líneas generales, para llevar a los del castoreño al cuartelillo. Marronazos en la paletilla, en mitad del lomo o dónde cayera el palo. Y a simular que se picaba a unos animalitos que padecían hasta para arrastrarse por la arena. Un primer tercio en el que no se ponían a los toros en suerte, que lo mismo acudían al paso, sueltos, que les abandonaban y aprovechaban para escapar a terrenos de toriles, como fue el caso del cuarto. Al quinto, que estoqueó Moral por cambio en el orden de lidia, hasta le llegaron a señalarle un puyazo, trasero, pero al menos el pica se agarró bien, que ya parece mucho. Y al sexto, de Chacón, pareció que se le querían hacer bien las cosas y hasta hubo quién quiso ver no sé si casta o bravura, cuando se arrancó con alegría, aunque tardeando, a un segundo encuentro. Justo un segundo después de que hubiera salido de najas buscando escapar por terrenos de chiqueros. Se le puso una tercera vez dándole distancia, pero nanay de la China, que lo que creyeron que era bravura acabó con un magistral kikirikí cantando la gallina. Remoloneaba y seguía remoloneando, empezó a mirar a los de los capotes a ver si alguno le hacía dejar de pasar aquellas vergüenzas y fue cuándo se puso a escarbar cuando para muchos explotó la burbuja de la casta y la bravura.

    De los matadores, pues se podría decir que no tuvieron su tarde y que se mantuvieron en esa línea habitual para salir de estos trances, uno haciendo que hacía, Robleño, otro queriendo mantener ese respeto a la lidia y al toro que tanto se agradece, aunque no fue su tarde, Chacón, y el otro, queriendo esbozar un arte que algunos le suponen, Moral. A su primero blandito ya de salida, Robleño le recibió con capotazos demasiado movidos; luego en la muleta se le empezó a echar encima, revolviéndose a mitad del muletazo y venciéndosele mucho por el pitón izquierdo. Y el tiempo que el madrileño pasaba deambulando alrededor suyo solo ayudaba a que el animal caminara con firmeza hacia convertirse en un imposible. Su segundo ya de salida no animaba a casi nada bueno. Fue asomar y quedarse parado en la puerta de toriles a ver qué pasaba por allí. Parecía incluso con más brío y genio que sus compañeros, a lo que el matador respondió con una retahíla de mantazos sin fuste, que no consiguieron fijarle, lo que el de don Victorino aprovechó para irse suelto al picador que hacía la puerta y del que salió dando respingos al notar el palo. Ya más sosegado, el burel entraba a los engaños como un burro, sin amago de meter la cara. En el último tercio el inicio fueron muletazos dando aire por la cara y sin que el matador se quedara quieto. Una tanda medio aseadita acompañando, para continuar haciendo creer que los muletazos eran relajados y con garbo, pero no pasaban de trapazos dando aire, teniendo que recolocarse a cada momento, con demasiadas carreritas intercaladas entre ellos. Acabó con eso tan de Robleño y que tanto parece gustar a aficionados sesudos, el arrimón. Pero no se crean, que más de uno lo jaleaba, quizá los mismos que aplaudieron a los que no picaban y simulaban, a los que levantaban el palo con el toro debajo del peto; así está Madrid, así está la Fiesta.

    Recibió Octavio Chacón a su primero embebiéndole en el capote yendo para atrás, sin permitir ni un roce de las telas, como nos gustaría ver hacer a los banderilleros, para a continuación ver estirarse al maestro, pero en este intercambio de papeles, no vimos estirarse al matador, lo que vimos es que se llevaran al toro al burladero del uno a esperar la salida de la montada acorazada. Intentó Chacón poner al toro de lejos, pero esto siguió camino sin pararse. Un quite por verónicas, lentas, más bien por imposición de los andares del de don Victorino, que por lentitud y parsimonia en el lancear. Al comienzo de la faena de muleta se sacó el toro a una mano, más allá del tercio. La flojera del animal era evidente. El matador no se acababa de parar y se limitaba a intentar cazar muletazos. Cambió de mano y el toro ni amagaba con humillar ni un tantito así. Más carreritas, se le quedaba a mitad del pase, para continuar tirando de arrimón y derechazos de uno en uno, metido entre los pitones, para deleite del personal, que eso ya se sabe que hoy en día gusta a grandes y pequeños. Hasta ya ponerse pesado, demasiado pesado y hasta algo vulgarote. Sin atinar con la espada, en un pinchazo resbaló la espada y se cortó la mano izquierda, teniendo que pasar a la enfermería, lo que causó el cambio en el orden de lidia, saliendo el sexto en quinto lugar y el que estaba sorteado como quinto, cerrando plaza.

    Este quinto, sexto, salió punteando las telas, echando las manos por delante, encontrándose con el capote de Octavio Chacón, que lo recogió de nuevo por abajo, perdiéndole terreno, hasta acabar en los medios. En este fue cuando vivimos un extraño segundo tercio. El de don Victorino fue suelto al caballo, para que no se le picara, ovación; El matador cambió la lidia y llevó el caballo al seis, más a favor de querencia, dejándolo de lejos. Media vuelta y directo a toriles. Lo ponen de vuelta en el mismo sitio, de lejos, y el del castoreño avanzando hacia el siete, mientras el toro se lo pensaba bastante, para acabar arrancándose con alegría para recibir un puyazo trasero y por aquellas cosas de no apretar el palo, el jinete se vio descabalgado, sin que su montura fuera derribada. Iban a cambiar el tercio, cuándo el respetable pedía, exigía una tercera vara. Vale, de acuerdo, pues un puyazo más. Y ahí vino lo de tardear en exceso y el acabar escarbando. Ahora sí, pañuelo blanco y a otra cosa. Primera tanda de Octavio Chacón con la derecha, tirando del toro, llevándolo con el extremo de la muleta. Más pico, carreritas, acortando mucho las distancias y dejando que le tocara demasiado la tela. Cambios de mano, ahora con la izquierda, que si mejor por el derecho y atosigando en demasía al animal, poniéndose pesado y tirando de un repertorio que antes era más propio de otras plazas, pero como ahora todas esas plazas se han venido a Madrid, pues siempre hay quién se lo aplaude. Pero bueno, seguro que para la próxima el gaditano tendrá más suerte.

    Pepe Moral parece que tiene algún problemilla con las cosas que quiere el público y las que no. ¡Hombre! ¿A estas alturas Pepe Moral no sabe lo que gusta, o gustaba, en Madrid y lo que no? Que algunos creían que sí al ver cómo se sacaba a su primero hasta los medios, un animal que iba siempre con la cara alta. Muletazos de tanteo, pero no, que no lo veía; más trapazos por la cara y a hacer que pareciera peor de lo que ya era, pero entre lo que el uno no valía y al otro se le notaba demasiado que quería hacer que valía menos y si lo aderezamos con un metisaca traicionero, pues complicado era librarse de la bronca. Su segundo se le revolvía y echaba las manos por delante. Poco cuidado en eso de poner el toro en suerte, poco o nada. Lo recogió con la pañosa por abajo a una mano, algún muletazo suelto, el público que se venía arriba y el toro, rodando por la arena, se iba abajo.  No pasa nada, que yo sigo, parecía decir Moral. Muletazos retorcidos jaleados por el sol del este Madrid globalizado y el toro otra vez a rodar ¿Dita seaaaa! El animalejo parecía salido de una güija, un alma en pena que no se aguantaba en pie, un espíritu triste al que Pepe Moral le enjaretaba mueltazos desde muy fuera, con la muleta atravesada y a paso de Semana Santa, muy despacito, acompañando, que no templando. Pobre cadáver cárdeno. Eso sí, el sevillano encantado consigo mismo, cómo decía mi compañero de localidad, soñando el toreo. Lo malo es que había quien ante aquel espectáculo soñaba, pero de verdad, que se veía alguna cabezadita y todo. Luego lo de la espada ya es capítulo aparte. Que vaya tardecita. Eso sí, don Victorino encantado consigo mismo, que decía que había visto muchas cosas buenas y que a sus toros les habían dado mucho en el caballo. Bueno, esto es como el que en mitad del bar ve que no tiene para la cuenta y empieza a contar sus propiedades, los números de su cuenta corriente, el deportivo y que mañana mismito se pasa y paga toda la juerga, pero si desde hace años ha ido dejando agujeros del tamaño de ese agujero negro que han fotografiado la otra mañana, es normal que el encargado del local dé la consigna de que a Victorino ya no se le fía ni una ronda. 

    SOBRE MI

    Nací en Madrid en Marzo de 1948. Mis primeros trabajos periodísticos los realicé en la crónica deportiva, principalmente en el mundo del fútbol. Más tarde, otras actividades profesionales me alejaron durante mucho tiempo de la labor periodística. 

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