Por Jorge Eduardo - México
Para valorar la actuación de Héctor Gutiérrez en la final de la Copa Chenel del 30 de julio, hace falta usar la cabeza para pensar, tal como lo hace el sólido torero de Aguascalientes.
Como es costumbre, ni siquiera habían arrastrado al abreplaza de la arena de la plaza de las Ventas de Madrid, cuando los aficionados ya repetían lugares comunes: que si en España hay menosprecio por los toreros mexicanos, que si le robaron la oreja al nuestro, que si el público estuvo frío, que si el torero [hágame el favor] tampoco tuvo argumentos para calentar al tendido, que si no bajó la mano, que si no ligó los muletazos y un largo etcétera.
Antes que repetir estas opiniones tan sobadas, es menester poner los pies en la tierra: Madrid es otro nivel. Es otra proporción, otra exigencia, se deben cumplir formalidades más severas para que una tarde camine en loor de triunfo. Evidentemente, la actitud de la afición es profundamente distinta. ¿O será que nunca vio a usted al público de México, incluyendo a los amigos y conocidos, medir radicalmente distinto en la Monumental y en plazas pequeñas?
En ese sentido, la corrida se puso cuesta arriba apenas asomó el de la confirmación por la puerta de los sustos, pues la afición venteña lo protestó como si lo tuvieran planeado desde el sorteo. Ni bien había saltado todo el toro a la arena, ya se escuchaba la rechifla. Para más inri, el del maestro Capea manifestó debilidad a lo largo de los primeros tercios, lo que acabó por pintar un cuadro muy desfavorable para Gutiérrez.
Pues bien, recomponer el ánimo de la plaza de Madrid en una situación así es muy difícil, como hemos visto cientos de veces. Héctor pudo a punta de solidez, de temple, alargando el trazo primorosamente, con sabrosísimo temple e inquebrantable verdad al natural. En el sitio, asumiendo el reto y retando al aficionado a ponerse de su lado. También alternó los pitones para no dejar costado flojo en su faena. Además, Gutiérrez luce convincente, toreando para sí mismo, sintiendo y haciendo sentir, sin las bobaditas de los toreros mexicanos que hemos denunciado en este espacio. Luego de la estocada delantera, el veredicto ha sido claro: una clamorosa petición de oreja.
Como para alimentar la suspicacia del aficionado mexicano, una vez más la autoridad negó el trofeo. Era evidente desde un principio que había poca materia prima para revertir completamente la situación. Así lo entendió el presidente y sus asesores, que le aconsejaron que guardara el pañuelo. Si en los primeros tercios, con la rechifla a pleno, me hubieran dicho que la rotundidad de Héctor pondría a la plaza de su lado así, bastante más allá del reconocimiento a su labor, no lo hubiera creído.

El trincherazo al quinto
Con el quinto, menos qué hacer. Un error de planteamiento le costó un desarme en un ambiente que, de nuevo, parecía poco propicio. Con base en quedarse ahí y sobar el más o menos potable pitón izquierdo, pudo hilvanar una larga faena de muletazos uno por uno, que de nuevo agitaron a la plaza de Madrid. Como firma, una tanda por el áspero lado derecho y un trincherazo mandón. No hubo ambiente de trofeo, pero sí de reconocimiento, y seguramente no tardarán en leerse opiniones halagüeñas de esta tarde.
Frialdad, es la que tiene Héctor Gutiérrez. Lo que hace en el ruedo es para él en un grado tan auténtico, tan de verdad, que es para todos en la plaza y por la televisión. El hidrocálido va a la plaza a lo suyo con sangre fría, sin aspavientos, sin gestos, sin cobitas y sin dejarse vencer por los complejos de muchos aficionados mexicanos. Sigamos su ejemplo, veamos toros viendo primero al toro, poniendo en contexto lo que ocurre y dejando detrás la autoindulgencia y la conmiseración que tienen a la tauromaquia mexicana donde la tienen.
Hoy, Gutiérrez aprovechó el escaparate. Volverá a Madrid con solidez, con oficio, con sitio, con empaque, con temple, con hondura, con actitud, con seriedad, con cabeza y sangre fría. Las orejas son retazos de toro y la plaza tiene muchas puertas, por lo que será lo de menos si abre una u otra…
…Pero lo cierto es que, si sigue por este camino, nadie quedará indiferente, tampoco en otoño…
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