Por Jorge Eduardo -México
El 24 de junio de 1526 suele adoptarse como la fecha fundacional de la tauromaquia en nuestro país.
De acuerdo con la Quinta Carta de Relación, Hernán Cortés se encontraba aquel día de San Juan “corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas”. La festividad continúa siendo una fecha marcadísima en el calendario católico, aunque el clima lluvioso la haga poco propicia para los festejos taurinos en la Ciudad de México.
Ese es, pues, nuestro mito fundacional. Nos da identidad, cohesión y proyecta la afinidad común de los aficionados hacia el pasado. Sin embargo, como todo relato de origen, conviene examinarlo con rigor para comprender el verdadero significado de aquel acontecimiento.
En primer lugar, es necesario preguntarse si, como suele afirmarse, estamos conmemorando la primera corrida de toros celebrada en México y en América.
El asunto es, cuando menos, oscuro. Resulta muy difícil sostener que aquella fuera la primera fiesta con toros celebrada en lo que hoy es nuestro país. Tampoco tenemos claridad sobre qué tipo de ganado pudo haberse lidiado, ni siquiera sobre cómo era exactamente la lidia caballeresca practicada por aquellos hombres de gesta tardíos que, poco después, verían estrellarse sus expectativas, su horizonte cultural y los merecimientos que creían haber ganado como conquistadores contra la mentalidad renacentista de la monarquía y su proyecto imperial.
Sabemos, además, que la mayoría de los artefactos propios de la lidia moderna aún no existían. No había trajes de luces, capotes, muletas ni puyas. Ni siquiera había ascendido al trono Felipe II, de cuya indumentaria derivan los atuendos de los alguacilillos.
Por lo tanto, ¿era tauromaquia lo que se practicaba en aquellos festejos? Seguramente una corriente importante de estudiosos respondería que no. Y si aquello no era tauromaquia en el sentido actual del término, y probablemente tampoco constituía el primer evento taurino celebrado en estas tierras, ¿qué es exactamente lo que conmemoramos?
Conmemoramos los quinientos años del primer registro escrito que conservamos de una fiesta pública con toros, celebrada conforme a los usos de su época. Debió desarrollarse en un espacio abierto y ante un público numeroso, con una importante presencia de hombres y caballos, pues, según el propio Cortés, también se celebró el juego de cañas, en el que grupos de jinetes simulaban combates militares.
Por una serie de razones —entre ellas el papel de la autoridad en la fiesta, el despliegue jerárquico y visual de las cuadrillas frente a ella, las reminiscencias del ejercicio militar caballeresco, el origen hispano de la práctica y otras más—, la corrida de toros a muerte y a la usanza española constituye la continuidad histórica más clara entre aquellos hombres que se enfrentaron a los toros hace quinientos años y nosotros.
Que la referencia escrita de aquel acontecimiento haya llegado hasta nuestros días, en contraste con la desaparición de la memoria de innumerables actividades humanas, ya es motivo suficiente para la conmemoración.
Y que desde ese punto —que llamaremos metafóricamente punto de fuga— se desarrollara un amplísimo cosmos de prácticas festivas con reses, desde Canadá hasta la Patagonia, debería ser motivo de hermandad y comprensión mutua entre los pueblos de nuestro continente. La potencia cultural del acto de ponerse frente a una res, a pie o a caballo, continúa permeando las entrañas de nuestro mundo. No alcanzarían diez vidas para celebrarlo.

Algarabía en los tendidos y entusiasmo en los corazones, desde hace 500 años
Muchas cosas han cambiado en estos quinientos años. Se construyeron proyectos nacionales como México y España; surgieron la ganadería brava y el espectáculo taurino tal como hoy lo conocemos; los toros pasaron de lidiarse en plazas públicas a recintos construidos expresamente para ello; los caballeros y militares fueron sustituidos por toreros profesionales; y las corridas, insertas ya en la lógica de la cultura de masas y de la economía capitalista, pueden celebrarse tanto en el marco de festividades cívicas o religiosas como con una finalidad eminentemente empresarial.
Ahora bien, en contraste con este mito fundacional —con el que encuentro una clara continuidad histórica—, sitúo el nacimiento de la tradición taurina mexicana moderna en 1887.
Aquel año, una vez levantada la prohibición liberal vigente desde 1867, la irrupción de Luis Mazzantini y varios de sus compatriotas en los ruedos capitalinos desembocó en la implantación definitiva de la corrida española por encima de otros formatos taurinos que se habían practicado en México a lo largo del siglo XIX.
Más allá de la continuidad histórica y de sus ambigüedades, aquel fue el pistoletazo de salida de nuestra tradición taurina contemporánea: una tradición pionera de la cultura de masas y del espectáculo multitudinario en la capital del país. Sin ella, probablemente habrían sido necesarias circunstancias muy distintas para que hoy México pudiera presumir la organización de su tercer Mundial de futbol.
Se hizo mucho ruido y cayeron pocas nueces alrededor de esta conmemoración. Aunque se trata de una responsabilidad compartida, sobresale la dejadez de los promotores del espectáculo, tan proclives al desdén por la cultura taurina y tan poco interesados en preservar su memoria histórica. Me temo que la celebración terminará reducida a alguna publicación en redes sociales. Les gustan más los conciertos que los toros, claramente...
…A pesar de ellos, seguiremos aquí...
Entrada en #LaSuerteSuprema: https://lasuertesuprema.art.blog/2026/06/24/toros-en-mexico-500-anos/
.jpg)
