Por Lázaro Echegaray - España
Tras cortarse él mismo la coleta en la Feria de Otoño de Madrid de 2025, cuando nadie lo esperaba y después de cortar dos orejas al segundo de su lote, Morante anunció su vuelta a los ruedos.
Ni medio año ha pasado desde entonces. Dicen por ahí que no hubo empresario que no llamara al de la Puebla pidiéndole reconsiderar su decisión. Hoy Morante está anunciado en prácticamente todas las ferias de España, y en Sevilla es columna vertebral del abono abrileño. Tras la polémica generada por su despedida, aumentada con el anuncio de su vuelta, el torero tenía que hacer su reaparición a todo o nada. Ortega dijo aquello del ser y su circunstancia: y si no la salvo a ella, no me salvo yo. Morante se vio en ese trance ya en Resurrección. Allí debió darse cuenta de que quizás no fuera para tanto, no era necesaria tanta tragedia, podía salvarse él y olvidar su circunstancia; así se lo hizo ver el tendido maestrante.
En la tarde del 16 de abril, Morante dejó claro que aspiraba a salvar su circunstancia. Y esto para este diestro no es cuestión baladí. Dijo el toreo, su toreo, de una forma que nadie había dicho antes; puso del revés la tauromaquia moderna, innovó desde el clasicismo, demostró la importancia del estudio taurino, y les volvió a poner las cosas muy complicadas a todos aquellos toreros terrenales que compiten en el escalafón. Hay una distancia abismal entre el diestro de la Puebla y todos los demás, distancia que ayer aumentó. No se trata aquí de narrar la faena, que doctores en esas lides tiene la tauromaquia santísima y ya todos ellos han dejado escritas sus crónicas. Pero sí aprovecharemos este espacio para loar su extenso toreo de capote, no solo extenso en lo largo de su repertorio, todo lleno de guiños y homenajes, sino extenso en tiempo y ejecución: hubo capote para dar y tomar, variaciones, ideas magistrales, arrebato y genialidad; hubo pares de banderillas a cargo del diestro, resucitando no sólo la silla, sino también la apostura con la que el torero-banderillero debe estar en ella; hubo inicio de faena, por alto, desde el asiento de esa misma silla y luego lances con las dos manos a cual más aplaudido, pese a que tuvo alguna que otra falta de ortografía en la redacción de su faena.
Pero en el toreo, como en el cante, subyace aquella frase que dijo Rancapino: el flamenco bueno se hace con faltas de ortografía. Y eso nos vuelve loquitos a muchos aficionados. Porque en ese texto genial, pero a veces errático, hay inspiración y arrebato, y locura cuerda, y, lo más importante, desestructuración y espontaneidad. Nada de faenas aprendidas, nada de toreo académico que aburre hasta a quien lo ejecuta. El éxtasis morantista se contagió al tendido, como suele suceder en estos casos, y al final, todos lo preveíamos, una multitud de jóvenes aficionados se llevó a hombros al maestro, que por cuestiones de la espada no cortó trofeos. Ni falta que hacían, esa fue otra de las lecciones de la tarde.
De la faena al toro de Álvaro Núñez habrán tomado buena cuenta todos aquellos que saben que con Morante no se puede competir, pero que le miran como si un día pudieran ser capaces. Le adoran y le odian al mismo tiempo porque lo que a él le nace natural, ellos tienen que impostarlo frente a un espejo en el que tampoco acaba de salir. Y no sólo eso. Les recuerda que hay un pasado grande de la tauromaquia, un camino histórico en el que grandes nombres dejaron su huella. Para rendir honores a esos diestros de antaño hay que olvidarse de uno mismo, darse al toreo y a su historia, abandonarse a ello en cuerpo y alma, levitar de arte. Hoy, el estilo de Morante es el de todos aquellos que en su día fueron; esa es su marca personal.
Morante ha puesto las cosas muy difíciles a los demás, a nada que se quieran dar por aludidos. Ha conseguido, a base de mucha técnica, crear una especie de lance continuo, que no se acaba nunca, con el toro siempre en jurisdicción y el toreo en los brazos y en los pies cuando así se requiere. Luego está su disposición, constante. Siempre en el toro y con el toro. Hubo toreo la mayor parte del tiempo de la lidia, desde que el animal salió por toriles hasta que dobló. La lidia, en esos términos, es movimiento que no cesa, un trayecto hacia la muerte sin espacios ni tiempos muertos. Una nueva forma de lidia que rompe con los tostones de los que cada vez huimos más, con el maldito adocenamiento. El maestro, con su disposición y genial locura, parece decirnos: señores, señoras, se puede torear así, es posible. Nosotros añadimos: y el que quiera, y pueda, que arree. Del tipo de toro para hacer este toreo, hablaremos otro día.
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