Por Jean-Charles Olvera - España
La tarde debutó con una gran ovación tras el paseíllo a la que respondió el diestro madrileño Fernando Robleño, en su 25ª temporada que anunció como la de su despedida.
Y terminó el festejo con otra tremenda ovación cuando salía la terna, esta vez para el joven torero colombiano Juan de Castilla, como si esta corrida fuese la de la toma de relevo entre un gran lidiador y este joven espada.
En el corazón de la afición, uno se va, Robleño, muy querido por la afición capitalina y más allá, por la afición torista europea, y otro llega, confirmando corrida tras corrida su estatus de torero privilegiado y muy querido por las mismas aficiones. Todo es cosa de tiempos y de temporadas. Este es el de un ciclo que se cierra y que cerrará Robleño en su última corrida en Las Ventas, que será la de Adolfo Martín del 7 de junio, ciclo que abre definitivamente por su parte el joven antioqueño afincado en Madrid.
Es que Juan de Castilla, del nombre de su barrio de Medellín, protagonizó otra faena llena de sinceridad y de verdad torera al tercero de la tarde, que inició con una cogida cerca de toriles, cruzándose toro y torero, causándole dos heridas por asta, con pronóstico reservado, que no le impidió regresar.
Con ese ‘Caracorta’ n°10, volvió a la misma cara larga del toro, teniendo que ponerse un pantalón corto, sin duda poco estético, pero no estaba el diestro para posturitas. De su bermuda kaki aparecía sangre en sus partes nobles, el pene siendo tocado por un puntazo. 
Juan de Castilla enfrentándose con pantalones y cojones
Tremendo después el colombiano, de sangre fría, como si nada, mandando a un toro de mala casta que pegaba hachazos, peligroso por ambos pitones. De no ser por una espada en lo alto pero atravesada con la cual el toro tardó en caer, el palco olvidando además un aviso, la petición hubiera, sin duda, permitido que cayese una oreja. Pero la vuelta fue de las más festejadas, entre alivio y admiración por este pedazo de torero. Con el mastodonte que cerraba plaza, otro manso rajado que se iba a tablas, Juan de Castilla estuvo nuevamente muy digno.
Difícil lo tuvo, al contrario, un Fernando Robleño en una tarde para el olvido. Se vio desconfiado frente al abreplaza y sin querer solucionar las dificultades del cuarto, ambos toros que mató feamente el actual director de la escuela taurina madrileña del Yiyo.
El que era el segundo de la terna, Damián Castaño, no pasó desapercibido, intentando bajar la mano al flojo segundo y proponiendo una faena en terrenos comprometidos al quinto, cerrando por tandas de gran torería, saludando tras merecida ovación. Castaño no desconocía la ganadería titular de Dolores Aguirre, que lidió a finales de abril en la plaza de San Agustín del Guadalix, en su personal desafío y encerrona, la única con toros de esa ganadería.
Si esa corrida fue decepcionante, la de esta tarde siguió por el mismo rumbo, con una deslucida mansada de Dolores Aguirre, que además se estrelló contra la muralla de la cuadra de Equigarce, increpada con dos pertinentes pancartas que salieron del 7 al romper el paseíllo.
Esta vez el interés lo pusieron los toreros, entre uno que se va, Fernando Robleño, otro que está pero al que le cuesta estar aun, Damián Castaño, y otra que está ahí, Juan de Castilla. Y está ahí por méritos propios, para mucho tiempo y muchas temporadas más, como lo demostró esta tarde a cuerpo limpio, en esta corrida que se recordará como la de la toma de relevo entre Fernando Robleño y Juan de Castilla.
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