Así fue la tarde, una espera vana y vacía por culpa de los toros de El Pilar, más vacíos y vanos que la propia tarde.
Tres toreros, Urdiales, Ortega y Aguado, a los que se espera siempre dadas sus cualidades artísticas y que no pudieron mostrarse como todos los presentes deseaban.
También los diestros hicieron realidad ese deseo esparciendo detalles que se acogían como el anuncio de un milagro, milagros que nunca llegaron dado lo borreguil y moribundos astados que nos trajeron de Salamanca. Ni la Virgen del Pilar hubiera podido arreglar estos toros sin vida y sin alma que deambularon por el ruedo de Las Ventas.
Las ganas de la terna se estrellaban constantemente contra esa invalidez supina. Tanto es así, que mi primer apunte era el describir el cómo con estos toreros, de calidad contrastada y gusto exquisito, el voluntarismo no cotiza. No se asiste a la plaza para verlos voluntariosos, se acude para presenciar con ellos el toreo bueno. Imposible con lo que salió por toriles.
De esa guisa, lo más parecido a lo esperado fue la faena de Juan Ortega a su segundo, el más terciado, con andares de babosa, el más incapacitado de todos. Con él se gustó como quien torea de salón, pero a aquello le faltaba el principal condimento, el toro. Aun así, se pegó una vuelta al ruedo impropia pues tal compostura con la babosa no podía merecer tal premio.
Si algo fue próximo a lo esperado fueron los recibimientos de capote, antes de que los toros comenzaran a agonizar. No fue poco en tiempos donde el toreo de capa se ha relegado a la nada. Pero ni por esas se cumplieron las expectativas con esa terna de lujo..jpg)
Se nos hizo de noche esperando... para nada
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