Llegaba, por fin, Morante a San Isidro y la plaza se llenó de gente y de esperanza.
Llegaba el genio de La Puebla, tras sus éxitos de Sevilla y de Jerez, y la plaza se engalanó de expectación para recibir al artista. Cierto que venía acompañado por el único que abrió la puerta grande, aunque chica, el primer día de feria, Talavante; también por quien dicen que la pudo abrir el pasado viernes, Rufo, pero los ojos y los deseos estaban todos puestos en el sevillano.
Los toros de Garcigrande, esperando en los chiqueros, elevaban las apuestas, aunque también los recelos de buena parte de la afición. Tras el paseíllo las incógnitas iban a despejarse.
Apareció en la arena Seminarista y no le dio tiempo para llegar a sacerdote. Quién sí llegó fue Morante que le endilgó un ramillete de verónicas, a cuál más despacio, que puso la plaza en pie. Morante en estado de gracia. La torería por delante del sevillano nos permitió ver un quite a su banderillero con la oportunidad y la gracia de Joselito El Gallo. La plaza era un clamor.
Muleta en mano comenzó la sinfonía. Muletazos de ensueño y despaciosidad, de entrega y relajo al mismo tiempo, de ajuste y ligando en un palmo de terreno y las salidas del toro con todo tipo de trincherillas y adornos de gracia repajolera, hasta con un molinete invertido que le salió bordao. Los naturales con una reunión difícil de practicar y el final de faena para enmarcar.
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Cuando se torea, la verdad, es que no se necesita contar las orejas
Faltaba rematar con la espada para abrir de par en par la Puerta Grande, la de verdad, no la que hay en las estadísticas de la feria. Estocada entera arriba, si bien algo trasera, lo que impide que el toro doble. Finalmente necesita el uso del verduguillo, lo consigue al tercer intento. La plaza se inunda de pañuelos como en ningún otro día y el del palco no los ve.
Ese presidente ni sabe contar pañuelos ni tiene la sensibilidad de haber sido partícipe, como el público, de haber presenciado la obra más bella de esta feria y de otras muchas. Valdrá para rechazar toros en los reconocimientos, pero no vale para sentir el toreo. Allá él. Morante estará en la historia por ser uno de los mejores, mientras él, si acaso, podrá recordársele por ser el que pisoteó un mal día la sensibilidad de una plaza para imponer su rancio y raquítico conocimiento del toreo.
Tras de esto, Talavante y Rufo pasaron la tarde como dos pegapases más del escalafón, ayunos de inspiración y lejos para conmover a los asistentes. Ni uno ni otro pudieron, ni supieron, sobreponerse al milagro vivido en los primeros compases de la tarde. Morante estaba en las mentes y los corazones de todos. De todos menos del Sr. Sanjuan, que a lo mejor hubiera deseado darle una oreja a cualquiera que no fuera Morante con tal de mejorar su ignorancia.
El de La Puebla en su segundo, un mulo sin posibilidad alguna, abrevió con pases por la cara y entró a matar. Hasta en eso supo no aburrir ni emborronar la obra que quedó esculpida en Las Ventas a eso de las siete y media.
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